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Actividades 2004 -> "Sergio Montecino: Generación del '40"

--“"Sergio Montecino: Generación del '40"”
    (
29 de abril hasta el 14 de junio de 2004)

Una selección de obras representativas del trabajo del pintor Sergio Montecino Montalva (1916-1997), dará a conocer la muestra “Sergio Montecino: Generación del ‘40”, que Amigos del Arte exhibirá desde el 29 de abril hasta el 14 de junio de 2004, en su sala de exposiciones, de Mall Plaza Tobalaba (Av. Camilo Henríquez 3296, Puente Alto).

Exponente de la generación del ’40 -movimiento que se caracterizó por la aproximación subjetiva a la realidad y la exploración del color-, Montecino plasmó en sus creaciones la figura humana, pero mostró un especial interés por la exaltación expresionista de los valles, lagos, cielos y mares, que motivaron sus sensaciones para mostrar la fuerza del paisaje sureño y sus propias emociones.

“Pintar el campo que no está pintado” fue la consigna de este artista, a lo largo de su vida. En su obra, la naturaleza es un referente primordial. El mundo visible se ve retratado con toda su riqueza sensorial e interpretado con emoción, desde la propia subjetividad de Montecino.

Fue fiel a una matriz estética que hizo suya al poco tiempo de incorporarse como estudiante de la Escuela de Bellas Artes de la Universidad de Chile, en 1938, donde tuvo como maestros a Augusto

Eguiluz e Israel Roa. Finalmente, optó por el postimpresionismo, apoyándose en la obra de Van Gogh como modelo cromático.

El color adquirió un cierto protagonismo en sus composiciones de marcado tono imaginativo. Guió sus pinceladas con libertad interpretativa y tuvo como objetivo la búsqueda de valores pictóricos, apoyado en tres elementos fundamentales para él: dibujo, forma y color.

En su formación académica y posteriores logros, destacan su cargo de ayudante de Camilo Mori, en los talleres de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Chile; el perfeccionamiento de sus estudios con becas en Brasil, en 1944, y en Italia, en 1956; y sus treinta años de ejercicio como profesor de dibujo, formando a artistas como Hugo Jorquera, Ruperto Cádiz y René Poblete, entre otros. En 1993, recibe el Premio Nacional de Arte.

Con esta muestra Amigos del Arte inicia un nuevo ciclo de exhibiciones, que este año dará a conocer las obras de destacados artistas chilenos, representativos de las diferentes generaciones que han marcado la historia de la pintura en nuestro país.


SERGIO MONTECINO: UN HACEDOR DE BELLEZA

Osornino de nacimiento y corazón, Sergio Montecino culminó una vida jalonada de premios y distinciones al recibir, en 1993, el Premio Nacional de Arte. Fue el justo reconocimiento a una brillante trayectoria en que descolló al recrear, con su estilo personalísimo, la singular y siempre húmeda geografía sureña.

En 1938, a los 22 años, decidió asumir su vocación, ingresando a la Escuela de Bellas Artes, después de cursar dos años de Derecho. Desde 1957 y por casi veinte años, ejerció la docencia en esa prestigiosa Escuela como profesor de la cátedra de pintura, formando e influyendo en varias generaciones de artistas.

“Soy un pintor apegado a la naturaleza, a la realidad, pero no por eso dejo de liberarme de esa cosa directa. Tengo gran libertad.
No me apego a las normas, mi obra no es muy académica. Escojo el tema y luego lo interpreto. Modifico lo que veo. Mi estilo no lo dan los

cánones clásicos, sino la práctica, la experiencia, la inspiración y los estados del alma…”

Interrogado acerca del factor onírico que sugieren muchos de sus paisajes, reconoció:
“Creo que de todos los géneros pictóricos, el paisaje es, acaso, el que mejor predispone al artista a vaciar su carga anímica subconsciente. El paisaje se transforma a cada instante; el pintarlo es un constante desafío. Según la luz, la humedad, se cubre con intensidades diferentes. Todo paisaje conlleva lo onírico y se hace muy difícil separar la realidad del sueño”.

De temperamento sereno y relajado, fue un artista que se dejó seducir por muchas posibilidades creativas. Retratos, flores, jardines, el mar y una variedad de otros temas, fueron también captados por sus pinceles. Se observa que fue en sus retratos donde el color adquirió, generalmente, un grado de violencia no tan presente en sus paisajes. Sin embargo, destacó que le nacía usar el color puro. “Es tan lindo tal como viene de fábrica. Sólo lo mezclo en las vecindades de las relaciones cromáticas al buscar el acorde cromático, siempre respondiendo a mi intuición”.

El gran pintor Camilo Mori habló así de sus memorables paisajes:
“Paisaje de su corazón, deberíamos decir, en los que a veces cantan los verdes sonoros, o estalla y vibra la nota de oro de una naranja, o escondida crepita la llamarada de un rojo bermellón. El nos transmite con máxima elocuencia su último sentimiento del paisaje con el lenguaje más auténtico”.

En dos oportunidades, 1944 y en 1988, el Círculo de Críticos de Arte le confirió el Premio de la Crítica.


En lo personal, fue un hombre dotado de gran sentido del humor y de una inalterable y campechana sencillez. Le decían el “huaso Montecino”. Su contemporáneo y amigo, el periodista de arte, Enrique Bello, lo describió con agudeza:
“Con ese andar lento de campesino acostumbrado al tranco de su cabalgadura, y ese mirar distante sobre unos hombros demasiado alzados todos pudimos verlo en Santiago o en Osorno, en París, Nueva York o Berlín, inconfundible, imperturbable, campesinísimo. Un pintor campesino que canta de memoria pasajes en alemán de las óperas de Wagner y que no falla a ninguna temporada de conciertos”.

Esa potente inquietud cultural lo llevó a convertirse en un paseante infatigable de los museos y calles repletas de arte de las capitales europeas. En 1956, con motivo de la beca que ganó para viajar a Italia, aseguró:
“Me interesan los grandes maestros del arte universal, las catedrales y los monumentos, pero también los mercados, las pescaderías, los eventos musicales, donde se concentra el pueblo”.

Con su paso cansino, contemplativo nato, frecuentaba distintos ambientes: el gran concierto y el teatro lo atraían con el mismo interés que una modesta compañía de revistas o la Vega central.

Espíritu casi incansable para disfrutar con el arte, reveló también su afán solidario al dedicar muchas horas de estudio a investigar la obra de sus colegas, quienes lo consideraban un compañero ejemplar. Producto de esta dedicada labor, editó dos importantes libros: “Entre músicos y pintores” y “Pintores y escultores chilenos”, ambos muy bien acogidos por la crítica.

Demostró allí otra interesante faceta de su sensibilidad, una innegable vena literaria. Dijo de él, Enrique Lafourcade:
“Sergio Montecino, pintor privilegiado, vivió los años de la Escuela de Bellas Artes y del Parque Forestal. Hoy nos cuenta la historia en un

libro lleno de encanto y nostalgia, donde concentra un anecdotario excepcional.”

“Lo hice –explicó entonces el artista múltiple- porque considero que la parte humana del artista, en general, es muy rica y desconocida y es bueno registrarla para que no se pierda.”

En la revista Pro-arte publicó también cuentos delicados y líricos, ilustrados por él mismo.

Su esposa, la acuarelista Eliana Banderet, le sobrevive, así como tres hijas, dos de ellas, Cecilia y Paula, también artistas, una ceramista y la otra acuarelista.

En 1993 -cuatro años antes de morir- el pintor, su esposa e hija exhibieron sus obras en una exposición conjunta. En esa oportunidad, su esposa reveló que se conocieron en la Escuela de Bellas Artes, cuando ambos eran alumnos de Israel Roa. “No fue por casualidad, aclaró Montecino; yo iba tras de la “presa””.

Irene Priewer.



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